home Hallazgos, Volumen 1 - Número 1 [1.1-3] Definiendo a la Literatura | Yalilé Loaiza Ruiz

[1.1-3] Definiendo a la Literatura | Yalilé Loaiza Ruiz

Por Yalilé Loaiza Ruiz

“Cualquier cosa puede ser literatura, y cualquier cosa que inalterable e incuestionable se considera literatura –Shakespeare, pongamos el caso– puede dejar de ser literatura” (Eagleaton, 1988, p. 10). Sin lugar a dudas, Terry Eagleton, en su Introducción a la Teoría Literaria, plantea un conflicto al momento de definir a la literatura. Si bien es cierto, y como lo sustenta Jonathan Culler, más allá de buscar una definición, la literatura, reclama un análisis.

Y es que como lectores, o consumidores de obras escritas, muchas veces nos encontramos frente al estante de una librería en búsqueda de lo que hemos decidido llamar o de lo que creemos que es literatura; en muchos de los casos, pensando que las obras literarias no van más allá de la ficción, categorizándolas como escritos “sobre algo que no es literalmente real” (Eagleaton, 1988, p. 5), limitando nuestro sentido de lo “literario” a los cuentos, novelas y poemas.

Si indagamos en la historia, podemos darnos cuenta que el tratar de encerrar a la literatura en una categoría donde solo entra la ficción, sería caer en un error. A finales del siglo XVI e inicios del XVII, no había una distinción, por lo menos etimológicamente hablando, de lo que se consideraba real o ficticio. Es así que, la palabra “novela”, cuyo sentido contemporáneo nos indica una historia no real, en aquel entonces se utilizaba para referirse a hechos que podían ser reales o no.

Pero el decir que: “la literatura se reduce solo a la poesía” no es algo que nació en nuestros días. Si viajamos al pasado, descubriremos que, en Rusia, después de la revolución bolchevique de 1917, los formalistas ya habían formulado aquella premisa.

El grupo de los formalistas se enfocó en la realidad material de las obras literarias, dejando atrás los aspectos simbólicos, psicológicos, sociológicos, filosóficos e ideológicos que se podían hallar en esos textos. Para los formalistas, la obra literaria “era un hecho material cuyo funcionamiento podía analizarse como se examina el de una máquina” (Eagleaton, 1988, p. 6). Al centrarse en el análisis de la forma literaria, como lo hacían los formalistas, podríamos decir que la literatura se reduce a la poesía.

Justificando la atención que el público presta a las obras, en el uso de recursos, como sonido, imágenes, ritmo, sintaxis, metro, rima, etc., que los escritores emplean a la hora de escribir. Los formalistas, definieron a la literatura como “una organización especial del lenguaje (…) una clase especial de lenguaje que contrasta con el lenguaje ordinario que generalmente empleamos” (Eagleaton, 1988, pp. 5, 6).

Pero, ¿cuál es el problema con la definición de los formalistas? Sucede que si analizamos textos considerados no literarios, encontraremos en algunos de ellos, elementos propios de la literatura –la metáfora, por ejemplo–. Es así que nace la literariedad, una característica que se ha dado a aquellas obras que comparten elementos literarios. Es entonces, la literariedad, la que anula hasta cierto punto la creencia de los formalistas sobre la literatura. Asimismo, es esta característica la que complica aún más el distinguir lo literario de lo no literario.

Luego de lo analizado hasta el momento, podríamos extraer otra interrogante. Si es tan difícil definir qué es la literatura o lo que es literario o no, ¿quién le dio la categoría de literatura a las obras que ahora forman parte de ese grupo?

Para responder la pregunta antes formulada, recurriremos a Eagleton (1988), quien sugiere que la literatura “es una forma de escribir altamente estimada” (p. 10). Aquí podemos decir que, somos los lectores, quienes jugamos un rol protagónico para llegar a esa definición.

Cuando entablamos una conversación esperamos que la persona, con la que queremos conversar, coopere en el proceso comunicativo, proporcionando respuestas que mantengan el interés durante la plática; si nuestro interlocutor no coopera, dejamos de intentar y nos limitamos a no hacer ningún esfuerzo para analizar una respuesta que no sea de interés.

Asimismo, sucede con la lectura. Si leemos un cartel que nos indica algo –que no debemos pisar el césped, por poner un ejemplo–, al considerar que está en un lenguaje “ordinario” y que es un cartel sin ninguna connotación “literaria”, nos limitamos a leerlo y procesar en el sentido más fiel la indicación. Sin embargo, cuando leemos una obra literaria tratamos de analizar y comprender lo que dice, esto pese a que nos signifique un esfuerzo a la hora de leerla, ya que no está escrita en un lenguaje “ordinario”. Esto se da, como lo explica Culler (2004), porque “la «literatura» es una etiqueta institucionalizada que nos permite esperar razonablemente que el resultado de nuestra esforzada lectura «valdrá la pena»” (p. 5).

Y es que, al momento de elegir el texto al que prestaremos atención y nos esforzaremos por entender, depende también del contexto en el que se encuentre. Eagleton (1988) ilustra esto con un ejemplo:

Si en una parada de autobús alguien se acerca a mi y me murmura al oído: “Sois la virgen impoluta del silencio”, caigo inmediatamente en la cuenta de que me hallo en presencia de lo literario. Lo comprendo porque la textura, ritmo y resonancia de las palabras exceden, por decirlo así, su significado “abstraíble” o bien, expresado en la terminología técnica de los lingüistas, porque no existe proporción entre el significante y el significado (…) Si toda la clientela de un bar usara en sus conversaciones ordinarias frases como “Sois la virgen impoluta del silencio”, este tipo de lenguaje dejaría de ser poético. (pp. 4, 6).

Tal como se explica en el ejemplo anterior, el contexto nos lleva también a elegir qué es lo que consideramos como literario, resultando así como otro factor en el momento de categorizar a las obras y decidir si son o no literatura.

Tomando el análisis de la forma literaria, la literariedad y el contexto podemos llegar a una paradoja. Dando así que “cualquier idea que tenga sentido, la literatura puede convertirla en sinsentido, dejarla atrás, transformarla de modo que cuestione su legitimidad y adecuación” (Culler, 2004, p. 12) o viceversa. Veamos otro ejemplo:

Supongamos que yo oyera decir en un bar al parroquiano de la mesa de al lado “Esto no es escribir, esto es hacer garabatos”. La expresión ¿es “literaria” o “no literaria”? Pues es literaria va que proviene de Hambre la novela de Knut Hamsun. Pero ¿cómo sé yo que tiene un carácter literario? (Eagleaton, 1988, p. 8).

En este ejemplo, sabemos de la expresión: “Esto no es escribir, esto es hacer garabatos”, porque proviene de una novela, pero no está escrito en un lenguaje “especial”. Tal vez por la literariedad podemos clasificarla como literaria mas no por el contexto en que la escuchamos o por la forma literaria. Con esta paradoja creada podemos decir que Culler (2004) no se equivoca al decir que “la literatura es una institución paradójica, porque crear literatura es escribir según formulas existentes (…) pero es también contravenir esas convenciones, ir más allá́ de ellas” (p. 13).

Otro de los factores que nos lleva a clasificar a los escritos es la ideología, entendida como “criterios hondamente arraigados, si bien a menudo inconscientes” (Eagleaton, 1988, p. 13). Dependiendo de nuestra ideología podemos dar juicios de valores sobre lo que leemos, estos también se relacionaran con las ideologías sociales del lugar donde vivimos o crecimos.

Si bien es cierto, como lo dice Eagleton (1988) “la gente denomina “literatura” a los escritos que le parecen buenos” (p. 10), de hecho “no se puede decir que la literatura no pasa de ser lo que la gente caprichosamente decide llamar literatura” (p. 13); esto dependerá de las condiciones de poder y de aceptación social de la obra; es así que, los juicios de valores que utilizamos para etiquetar algo como literario “no se refiere exclusivamente al gusto personal sino también a lo que dan por hecho ciertos grupos sociales y mediante lo cual tienen poder sobre otros y lo conservan” (p. 14)

Podemos sugerir que la literatura más allá de tener una definición neutral y objetiva, es creadora de comunidades y desprende un mundo de posibilidades al momento de escribir y leerla. Posibilidades que están dentro de un marco flexible, que da libertad para la interpretación y el gusto del lector, que se la clasifica por criterios individuales y colectivos basadas en las ideologías de cada uno, que puede ser tan ficticia como real y que puede contener un lenguaje “especial” u “ordinario”.

De todas formas, las obras a las que hemos dado la etiqueta de “literatura” o la característica de la “literariedad”, sin duda, son trabajos que nos llevan a los lectores, a diferentes dimensiones, provocando así que nuestra atención se centre mayoritariamente en el análisis de la literatura más que en tratar de definirla.

Bibliografía

Eagleaton, T. (1988). Una introducción a la Teoría Literaria. México: Basil Blackwell Publishers Limited.

Culler, J. (2004). ¿Qué es la literatura y qué importa lo que sea? Universidad de Chile, Facultad de Filosofía y Humanidades. Barcelona: Crítica.

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