home Textos piráticos, Volumen 4 - Número 5 [4.5-22] Un día lluvioso | Fernanda Donoso

[4.5-22] Un día lluvioso | Fernanda Donoso

Por Fernanda Donoso

 

Apenas llegué al teatro sequé mis botas en la alfombra y dejé mi paraguas empapado en la entrada para que se secara. Estaba 15 minutos tarde y cuando entré, mi profesora estaba molesta. Este era el último ensayo antes de la más grande e importante presentación de ballet que tendríamos. Habían invitado a bailarines, críticos y espectadores de todo el mundo, y yo fui seleccionada como la bailarina principal. Entre todos los que conformábamos la academia, de todos los niveles, me habían escogido a mí. No había palabras para describir lo que sentía. “¿Te puedes apurar? Estás 15 minutos tarde”. Me dirigí al escenario y saqué mis zapatillas de la mochila. Me las puse, amarré la cinta en mis tobillos y me levanté del suelo.

Comencé a bailar. Daba vueltas mientras sentía que volaba y que podía ser libre. Giraba y sentía cómo la sangre me recorría el cuerpo entero, mi corazón latía a mil por hora y yo era feliz. Podía bailar por horas y no me hartaba, era el mejor sentimiento para mí, era indescriptible. Bailar era mi escape de la realidad, podía olvidarme de todo y solo concentrarme en mi felicidad.

Cuando terminé la coreografía, mi profesora aplaudió. “Muy bien, vengan todos”, dijo. “Mañana quiero que todos estén aquí puntuales para la presentación”. Me puse las botas y agarré nuevamente mi paraguas. Caminé a mi casa esperando con ansias a que fuera el día siguiente. Cuando llegué, me tomé un té de frutas, leí un poco y me fui a dormir.

Olía extraño. Era un olor que no logré distinguir muy bien, pero era fuerte. No le puse mucha atención y seguí durmiendo, sin embargo, el olor era más potente cada vez, más intenso. Finalmente lo reconocí, era fuego y me di cuenta de que estaba en un incendio. Salté de la cama pero ya era demasiado tarde, el fuego había invadido toda mi casa, mi cuarto y yo no sabía qué hacer. Escuché una sirena, eran los bomberos, pero no sabía si podrían salvarme, y me desesperé. Empecé a gritar y a llorar mientras el fuego consumía cada vez más el espacio, y me sofocaba con el humo y el calor que sentía. No estaba preparada para morir, no podía morir. Mi desesperación era tan grande que ya no sabía qué hacer, hasta que finalmente desperté. Estaba empapada en sudor, mi espalda estaba helada, mi cara hervía y yo respiraba muy excitadamente. Fue la peor pesadilla que jamás había tenido. Bajé a la cocina por un vaso de agua para calmarme pero no pude volverme a dormir.

En la mañana me alisté para la presentación. Llegué al teatro una hora antes y este ya estaba lleno de gente; camarógrafos, reporteros, éramos el centro de atención, estábamos en la cima del mundo. Me puse mis zapatillas y me alisté para salir. Se apagó la luz, se prendieron los reflectores y cerré los ojos. Estaba lista para la presentación de mi vida. Respiré profundamente y cuando abrí los ojos no estaba en el teatro, estaba en un cuarto de hospital. Mi familia estaba al frente mío, me veían con lágrimas en los ojos y yo no entendía el por qué. Me dijeron que hubo un incendio anoche en mi casa y yo me horroricé. Intenté bajarme de la camilla y no podía. No entendía qué pasaba pero la cara de los demás me revelaba que algo no estaba bien, y yo presentía que algo no estaba bien. El doctor entró al cuarto, un hombre bastante serio, formal, vestido de blanco y tenía un aire de negatividad. “Lo siento, cuando los bomberos llegaron ya era demasiado tarde y no hubo nada que podamos hacer, usted perdió la movilidad completa de sus piernas”, dijo. Me quedé atónita, observándolo a él y a mi familia, mientras por mi mente se reproducía la película de todos los hermosos y preciados recuerdos que tenía de cuando bailaba.

Salí del hospital en una silla de ruedas empujada por mi madre. Aún no cabía en mi mente la idea de que jamás podría volver a bailar. Miraba la inutilidad de mis piernas y lo único que sentía era frustración, no podía creer que mi nueva vida ahora giraba en torno a una maldita silla de ruedas. Estaba acostumbrada a que la gente me viera con admiración mientras bailaba, pero ahora, por más que intentaran disimular, la gente me veía con pena.

A veces paso por el teatro y recuerdo los hermosos momentos que viví ahí, y mi único pensamiento es que preferiría mil veces estar muerta antes que seguir existiendo en un mundo en el que no puedo bailar.

 


(Foto de portada de artículo de Eric Blochet. Tomada de: https://pixabay.com/es/ballet-bailarines-pie-zapatilla-335493/

 

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