home Lenguas hemisféricas, Volumen 4 - Número 5 [4.5-14] Las ciudades de/según Capote | José Gabriel García Vela

[4.5-14] Las ciudades de/según Capote | José Gabriel García Vela

Por José Gabriel García Vela

 

La ciudad es una cueva de luces parpadeantes, seres de todo tipo se entremezclan en un espacio de nubes y concreto color gris. Los primeros rayos del astro están alineados con las últimas cápsulas lunares. Capote encuentra en toda aquella distinción la belleza en una lata de Campbell, en el café solitario de una anciana, en las pálidas montañas californianas, la estela de la vida tiene profunda huella de notoriedad en las calles humeantes.

Hollywood, aproximación a Los Ángeles, Capote nos pone a imaginar como si se tratase de cruzar la superficie lunar, una exploración a lo onírico del mundo terrenal, si lo entendemos de esa manera. Introduce a la ciudad a partir de los paisajes y el entorno agreste de la zona, sutilmente conecta lo humano con la imagen del hogar natural. Es maravilloso cómo la imaginación a través de palabras puede recrear un momento o un lugar, vivirlo, aniquilarlo y volverlo a crear.

Thelma, aquella mujer que emprendería su travesía desde Chicago, materializa la búsqueda del sueño hollywoodense, una californication en sus venas. El no tener un lugar concreto a dónde ir, no poseer una estrategia de futuro, el buscar y esperar por lo que vendrá pone de manifiesto el espíritu del lugar, aquella ciudad que no tiene límites, la persona se transforma y se inmiscuye dentro del mecanismo de supervivencia industrial.

La niña anfitriona, otro personaje canalizador. Opulencia, poder y sofisticación, a lo alto de la montaña se encuentran elementos tales como para poder reconstruir un alma noble e inocente en personalidad utilitarista y sensorial. El placer de los sentidos se convierte en adoración.

“Y por supuesto, ya sabe que esta es una ciudad sin niños”. Cuando la navidad invade pasillos, calles, chimeneas, ventanales, desde Beverly Hills hasta el centro, la atmósfera física que transmite Capote nos da cuenta del silencio mórbido que vive una ciudad en apabullante tránsito de máquinas y deterioro. Muchos piensan que la población puede manifestarse en patrones similares de conducta pero, en este caso, no existe patrones, no existe homogeneidad, solo existe lo efímero y pasajero.

Uno de los personajes realiza una comparación, el objeto es Grecia y California, se trata de lo artístico con lo habitable, la estética se desdibuja, se colorea y se vuelve a dibujar. Quizás para Occidente, la ciudad hollywoodense es la proyección del masajeo como medio, una noción McLuhaniana pero que se aprecia dentro de todo el paradigma sociocultural.

Aun así, P., es la prueba tácita en quien se conjuga la admiración y humanidad, es una atmósfera de seguridad como lo pinta Capote, es un álbum de experiencias y recortes, es la visita esperada que brinda la armonización de un sentido extrapolado a todo el entorno. Hollywood acaba donde empieza y es allí donde la cueva de luces muestra el camino a casa.

Desde la otra orilla, en la costa contrapuesta, por el espejo retrovisor se avizora Brooklyn, cuna de una vasta legión urbana bellamente caótica. La dualidad de la jungla, la bestialidad de lo que se habita. La perfección de la fealdad, símbolos tras símbolos que se erigen en una multiplicidad de formas y tamaños enrevesados, desde una fachada barroca de una iglesia hasta el juego de niños en la calle, Brooklyn es para Capote una constante relación inidividuo-ciudad, en la que las nociones de pasado se eliminan en el presente, sin tocar la llama futura.

Aquí los niños reaniman leyendas, son un grito al unísono del legado mental intacto, ese legado que inclusive se manifiesta en cada edificio, los edificios que nunca cambian. Truman Capote hace una distinción entre Manhattan y Brooklyn, a los que únicamente les une tres transbordos en metro, el lado opulento, organizado, elegante versus lo pobre, caótico y grotesco.

La señora Q., y la señorita Q., encierran personalidades clásicas de quienes habitan en Brooklyn. La una recelosa, evidencia un desprecio por aquello que es casi todo. La otra amable trabajadora, la compara con Zasu Pitts, Capote tiende a comparar a las personas que conoce con celebridades de épocas pasadas. El trabajo sin descanso en la pequeña agencia telefónica es la constante en un lugar donde cada individuo busca su espacio de supervivencia, un instante de perdurabilidad en la sala del sistema.

Muy probablemente Capote utiliza suspicazmente la acción de cada uno de los personajes que intercala en las crónicas para acercarnos a las peculiaridades de cada una de las ciudades. Este recurso aplica de manera explicativa cómo influye en la conducta de sus habitantes, el distinto entorno y realidad que viven. Como es el caso de la señora Q., en sus acotaciones, “todo el barrio se está volviendo una pesadilla aterradora; primero los judíos, ahora esto; ladrones y bandidos todos. Me hiela la sangre”. Quién no ha emitido comentarios de un cierto tono discriminatorio o inclusive racista con respecto a nuevos vecinos o migrantes. Esta actitud denota la auténtica actitud nacionalista de rechazo al ser diferente recalcando su condición étnica o económica. Esta actitud se da en Brooklyn, en Los Ángeles, en Kabul, en Sidney, en Quito, en Otavalo. Siempre existirá quien piense ser superior a los demás, esto es universal.

Leer a Truman Capote, imaginar las ciudades como retratos familiares de seres lejanos o pasados pero que en alguna manera mantienen parecido con nosotros, compartir ese ser espiritual materializado en las formas de vida citadina amplía de manera profunda y contextualizadora ese elemento social que no distingue en condiciones sino, más bien, unifica en emociones.

 


(Foto de portada de artículo de  Carloyuen. Tomada de: https://pixabay.com/es/nubes-hong-kong-noche-niebla-haze-2517653/)

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