home Textos piráticos, Volumen 4 - Número 6 [4.6-24] El Tango de sus ojos | Pablo Terán

[4.6-24] El Tango de sus ojos | Pablo Terán

Por Pablo Terán

 

––Tranquila, soy yo.

Le dije mientras la sujetaba de los hombros, me regresó a ver con cara de incógnito.

No me dirigió palabra alguna, el baile de sus ojos pararon, como si la canción que la atormentaba bajara decibel a decibel; pasó de samba a un humilde tango.

Comenzó a pestañar con tranquilidad al ritmo de la amorosa canción, relajó las cejas y al fin me miró. Un momento de claridad de mi viejita, pedí a los de blanco que se alejaran un momento, cogí su brazo y la miré, no, la observé; admiré su belleza un par de segundos, me acerqué a su oído y le pregunté con voz tenue y baja, como secretos entre adolescentes.

––¿Quieres dar un paseo, viejita?

Levantó su brazo derecho y junto a su arrugada mano comenzó a toparme suavemente el cachete.

El cariño que solo ella sabe cómo hacer, solo ella sabe cómo me encanta que roce sus dedos torpe y lentamente sobre mi cara, se detuvo. Ahora fue ella quien se acercó a mi oído y me dijo:

––Con una condición.

––La que sea —respondí.

––Vamos solos, como antes, a dar un paseo donde sabes que me enamoro nuevamente de ti.

Sonreí. Hace mucho que no lo hacía junto a ella. Una lágrima se deslizó tímida por mi rostro.

Separó su boca de mi oído, me secó la lágrima con su dedo índice, de nuevo con su mano sobre mi cara me dijo, esta vez más alto_

––Tú y yo, como siempre.

––Vamos amor mío.

Dimos la espalda, sin miedo, a los de blanco y a los cansados. Nos alejamos poco a poco, a paso lento pero firme, en ese momento nuestro primer destino era cruzar la puerta.

Como el caballero que mi madre me enseñó a ser, me adelanté de mi viejita para abrirle la puerta. Toqué el picaporte frío, lo giré, empujé con fuerza y vino hacia nosotros un destello de luz.

Fui yo quien regresé a ver esta vez, y allí estaba iluminada por la luz, hermosa y sonriente como siempre. Supe que ella no sufría por el pasado, el presente o peor aún el futuro. Fue ahí cuando me di cuenta de que ella fue, es y será para mí. Regresé, la tomé de la mano y juntos cruzamos.

Afuera separó sus de dedos de los míos, la miré y ella a mí, sin aviso alguno como soldado en trinchera, comenzó a sonar nuevamente la canción en su cabeza. Sus ojos dejaron de bailar el tango dulce y volvieron a la samba amarga. Intenté evitarlo, pero inevitablemente vino la pregunta más dolorosa que alguna vez me han hecho, aquella que destrozó mi corazón y me dejó de nuevo sin mi viejita.

––¿Quién eres? ––me preguntó.

 

 


 (Foto de portada de artículo de Gerd Altmann. Tomada de: https://pixabay.com/es/ni%C3%B1os-r%C3%ADo-el-agua-el-ba%C3%B1o-1822704/)

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *