home Desciframientos, Volumen 4 - Número 6 [4.6-20] Una experiencia con el mundo ancestral que solo se vive una vez | María Sol Dávila

[4.6-20] Una experiencia con el mundo ancestral que solo se vive una vez | María Sol Dávila

Por María Sol Dávila

 

Hoy fue un día interesante. Siempre he pensado que las nuevas experiencias son enriquecedoras y le dan un nuevo sentido a la vida. Fue la primera vez que conocí a un chamán; residía en el barrio de la Tola en el centro de la ciudad de Quito. Cabe recalcar que al principio una sensación mezcla de excitación y miedo, embargaba mi cuerpo, pues no sabía qué me deparaba.

Al llegar al lugar me sorprendió ver una casa muy antigua, con una arquitectura típica de inicios del Siglo XX. Lamentablemente era evidente que quedaron atrás sus años de gloria. Cuando entré por su ancha puerta de madera, atravesando un zaguán oscuro cuyo piso de piedra, ya desgastado por el paso de los años, conducía a un patio con una fuente central que se encontraba completamente seca, la pintura de las paredes en los corredores que rodeaban este espacio estaba deteriorada por la acción continua de los agentes ambientales. Las habitaciones rodeaban aquella fuente y las flores en las macetas que decoraban el lugar se encontraban ya marchitas. Me dirigí a una de las habitaciones principales siguiendo el rastro de humo que provenía de una de ellas: supe en ese momento que allí se encontraba ella. Al llegar a la sala de espera, que era un lugar apartado del resto por una cortina, cuya función era dividir los ambientes en dos, había un grupo de personas. Hombres, mujeres y niños habían llegado en gran cantidad y aguardaban pacientemente: habían llegado atraídos por la fama de la curandera. Familias enteras se encontraban congregadas en aquel lugar.

Cuando llegó mi turno después de una larga espera, entré a un cuarto oscuro; sus muebles lucían bastante deteriorados y se veía un cuenco lleno de un líquido de color claro, entre otras cosas que no alcancé a distinguir debido a la gran acumulación de humo proveniente del sahumerio que se quemaba lentamente en una esquina. La curandera era una mujer mestiza de aproximadamente 65 años y contextura robusta. Vestía una falda larga gris que combinaba perfectamente con un saco de lana del mismo color y contrastaba con una blusa suelta de tono azul. En su nariz se apoyaban unos gruesos anteojos de carey que corregían una pronunciada miopía y su largo cabello se encontraba sujeto por detrás en una trenza. También su dentadura era particular, algunos dientes le faltaban ya y hacían que su hablar se escuche afectado.

Ella tenía un rostro afable, su gesto era cálido, cordial y caminando lentamente hacia mí me saludó, me pidió que me aproxime y me quite los zapatos y la blusa. Procedió a sacar un huevo de una bolsa de papel y empezó a pasarlo por mi cabeza y mi cuerpo mientras rezaba oraciones de origen antiguo con mucha fe. Después desechó el huevo inmediatamente y tomó el cuenco lleno de líquido que, según dijo, era una mezcla de siete hierbas medicinales y agua de rosas, utilizada para alejar las malas energías y purificar el cuerpo. Procedió a verterlo sobre mi cabeza, lo cual fue muy relajante ya que la temperatura era tibia y el olor agradable. Durante la limpia siempre mantuvo una actitud comprometida y solemne, como si se hallase en una especie de trance que le permitía cumplir con su misión adecuadamente. También sacó una botella de licor, tomó un gran sorbo y lo escupió enérgicamente en mi espalda, pues dijo que, según la medicina ancestral, esto era una forma de alejar a los demonios y el mal de ojo. Para terminar, me pidió que pase mi ropa por el humo del sahumerio ya que esto terminaría de limpiar mi aura.

La verdad, debo reconocer que fue una experiencia distinta. Fue un acercamiento y un aprendizaje nuevo sobre las culturas ancestrales de Ecuador, y una realidad que antes había pasado desapercibida ante mis ojos. Mi visita fue inspirada por la curiosidad, por la vital importancia que tiene para mí saber más sobre nuestras raíces y las costumbres milenarias de nuestros antepasados. Desde que tengo memoria mi familia siempre ha sostenido la creencia férrea de que hay cosas que van más allá de lo que la ciencia puede explicar. Que la medicina natural ancestral encierra un gran poder y una magia, algo indescriptible que quería experimentar por mí misma el día que decidí hacer esta visita, que nunca podré olvidar.

 

 


 (Foto de portada tomada de https://pixabay.com/es/pueblo-uno-adulto-retrato-mujer-3353615/)

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