home Desciframientos, Volumen 4 - Número 6 [4.6-19] Pobreza angelical | Ricardo Porras

[4.6-19] Pobreza angelical | Ricardo Porras

Por Ricardo Porras

 

La mayor alegría está en dar

Justino Humilis de la Santísima Sangre. De tez oscura y ojos negros. Sonrisa amplia y cabellos risueños. Tiene la frente ancha y una nariz grande pero delgada. Su cara ovalada le da un aspecto amigable y su quijada geométrica le da un aire un poco rudo. Es hijo de la pobreza y del Santísimo Sacramento, miembro de la comunidad conocida como la Toca de Asís. Nació en el centro de Brasil en 1986, y en el 2009 vino de misión a Ecuador. Lo veo subir por la calle Chile, a sus espaldas el sol empieza a ocultarse. Todo es bulla alrededor de él, la gente se cruza por todas partes. Su desgastado hábito color café se mueve con impecable aerodinámica. Sus mangas anchas parecen ser alas, y combinan muy bien con su aureola, esa perfecta tonsura que el religioso lleva en la cabeza. Los habitantes de la calle lo llaman el ángel de la noche.

A estas horas, el Tejar está lleno de olores. La venta de comida está en pleno auge. Empanadas de verde, salchipapas, mollejas, café con leche. Más arriba donas, pasteles, mote con chicharrón. Los locales de ropa, en cambio hacen cuentas para ver si continúan con el negocio. La gente hace todo para ganar algunos cuantos dólares más. A lo lejos, se escuchan las voces de las apuestas y, más allá, los gritos de vendedores que con su última voz anuncian los productos que no han vendido en el día. Unos tienen una familia hambrienta que alimentar, otros en cambio sólo tienen hambre de ganar más. Justino, ahora ya va subiendo por la plaza de El Ipiales. Su figura contrasta con el lugar. De cierta manera el religioso es una crítica para el entorno. Él, junto con sus hermanos de comunidad ha elegido la pobreza como un estilo de vida. Al tenerlo frente a mí no puedo dejar de preguntar por qué ha decidido ser pobre para ayudar a los mendigos, y no ha decidido el trabajo remunerado o incluso una riqueza altruista. Justino, de manera risueña, con su deficiente español me responde melódicamente con su acento brasileño:

—Mientras menos tengo, menos me preocupo, más tiempo tengo para el otro —me mira animado y me hace pensar en la pobreza como algo noble. Lejos de ver como una maldición la falta de bienes materiales, este religioso ve en ello una alegría.

—Yo cuando vine acá a Ecuador, me sorprendió cómo la gente nos mira. Lo que viene a la mente de la gente es ¿cómo es que son pobres? Esto es algo que la gente no entiende, la alegría no está en recibir —Justino se sonríe como cuando un niño está muy emocionado.

El ascenso sigue. Justino deja atrás las zonas comerciales. Sobrevuela con agilidad las empinadas calles y callejuelas hasta llegar a la casa San José, donde convive con otros religiosos. La casa está ubicada en lo alto de una cuesta de nombre El Retiro. Desde allí el centro histórico de Quito se ve magnífico. Unos pasos más arriba, el cementerio de el Tejar yace sagrado y misterioso. A lo lejos, la Virgen del Panecillo parece sonreírnos. Llego un poco más tarde que él a la puerta gruesa de madera que custodia la casa San José. El espacio sirve de albergue y refugio para los pordioseros que buscan una ayuda con rostro humano. El sitio es también un centro de reinserción a la sociedad donde los religiosos ofrecen talleres de panadería, artesanía y carpintería para que los habitantes de la calle puedan aprender un oficio.

El ambiente de la casa es especial. La paz que inunda el lugar se puede casi topar, y el paisaje humano le da un toque pintoresco. Se pueden ver místicos orando, pájaros volando, niños jugando, hombres trabajando. Todos con sonrisas de oreja a oreja. En los múltiples salones se pueden encontrar mendigos felices, adictos en recuperación y otros ya recuperados. Religiosos escuchando a los hermanos de la calle, voluntarios preparando comida y clasificando ropa. A diferencia de otros lugares, la casa San José no es un claustro, tampoco un ancianato, ni un centro de rehabilitación. La casa es un pedacito del cielo bien cimentado en la tierra. Nadie se siente solo allí, nadie es juzgado o discriminado, nadie es más que el otro, todos se sienten hermanos. Se respira dignidad y ternura.

—Nuestra pobreza es eucarística —me dice, mientras se inclina en el respaldar de una silla, en una de las múltiples salas de la casa San José—. Ser pobre es dar, nuestra pobreza consiste en ser alimento, darse en alimento para que el otro consuma. Me deshago como la hostia, cuando se comulga. Desaparece en mi cuerpo y se va a mi alma. Lo mismo yo, me aniquilo —Justino baja la voz, se queda en silencio y el tiempo parece más lento—. El término hostia significa víctima para un sacrificio, me sacrifico, me hago alimento para que las otras personas salgan nutridas. Así como lo hace nuestro Señor —varias personas cruzan por la sala, pero Justino no se inmuta, lo que va a decir viene de lo profundo de su ser—. Es la paradoja de Cristo, en su pobreza nos hizo ricos. Es en la pobreza entonces donde yo también me realizo, donde soy feliz. Nos realizamos cuando amamos, por esto la mayor alegría está en dar. —su última frase encierra una respuesta al porqué de su vida.

Sin pertenecías propias, más que su vestimenta. Franciscano de corazón y religioso de profesión. Justino dice ser feliz, porque nada lo ata. No tiene bienes materiales que regalar, y por lo tanto pareciera que no tiene nada que dar a los más pobres. Pero tiene manos para consolar y sostener, oídos para escuchar y acompañar.

Una fecunda contradicción

Es domingo y estoy atrasado. Los religiosos ya han salido de misa. Voy casi corriendo por la calle Cuenca, pero no hay rastro de ellos. En la plaza de la Merced hay policías metropolitanos conversando en círculo, me acerco, pregunto. Nada, no los han visto. Uno de los oficiales sin embargo me dice que vaya a buscar por la calle Sucre que por ahí siempre pasan. Vuelvo a la Chile y me encuentro con otro oficial, pregunto si conoce a los frailes de la toca de Asís esos que pasan con los pobres.

—Claro que los conozco —me dice el oficial Miranda, de mirada amenazante, pero de cara amable—. Hoy no los he visto —responde con sequedad, como queriendo acabar pronto la conversación.

Recuerdo entonces las declaraciones del religioso Fratello, uno de los primeros miembros de la Toca de Asís, que llegó al Ecuador cuatro años antes que Justino. De tonsura larga, rostro firme, rasgos caucásicos, alto y fornido.

—Los metropolitanos y la policía de Quito, coge a los hermanos, pega a los hermanos, les dejan votados, les toman las pertenecías y no les dejan quedarse en la calle.

Fratello, al igual que los otros religiosos de la misma comunidad, llama hermanos a los mendigos. Son ya once años en los cuáles estos religiosos luchan con el testimonio y el amor, en contra de quienes discriminan y tratan mal a los hermanos de la calle. Los miembros de la toca de Asís son héroes que sin violencia defienden a los pobres. Tienen el corazón de una madre para aliviar el sufrimiento, y tienen brazos de padre para abrazar y levantar a los caídos. Los habitantes de la calle confían en ellos, no les tienen miedo, tampoco les hacen daño, más bien los quieren y los esperan.

Justino, Fratello y otros hermanos, encuentran todos los días en las calles de Quito una realidad todavía sangrante en nuestro país. El 25, 8% de la población, según datos del INEC, viven en pobreza crónica, y el 35, 8% vive en pobreza estructural, es decir sin un techo o una vivienda digna. Esto, en cifras, ya que los habitantes de la calle muchas veces ni siquiera son números para las estadísticas oficiales. Los hermanos de la Toca de Asís saben, tal vez más que nadie, que para cambiar la suerte de la gente que vive en la pobreza, se necesita una solución integral, que mire las necesidades materiales, psicológicas y espirituales de las personas de la calle. Con poca esperanza de hallarlos, sigo avanzando por la calle Benalcázar. Cojo la Sucre. Nada por arriba, nada por abajo.

Como un último intento en buscarlos, subo la cuesta de El Retiro, toco el timbre de la casa San José. Pregunto por los hermanos. Me dicen que si están. Suspiro. Los encontré. Me comunican que Justino vendrá en unos momentos. Me siento en la sala de espera. Cerca de mí veo aparecer una figura a contraluz, parece una criatura alada. El sonido de las sandalias lo delata. Es Justino y viene encapuchado. Lleva una cruz rústica en el pecho que se mueve al son de sus pasos. Me saluda calurosamente. Se saca la capucha color café oscuro, y su rostro del mismo tono tiene una sonrisa difícil de explicar. De esas que brotan espontáneamente, cuando uno está feliz de estar cansado por algo que realmente vale la pena. Sin más, le pregunto por la obra de su comunidad, le pido que me explique en qué consiste su labor diaria, aquello a lo que ellos llaman apostolado Buen Samaritano.

—Todos los días tenemos horas de oración y de acción. En el apostolado, las personas vienen a nuestra casa para una atención, digamos de emergencia, vienen acá por una comida, vienen por ropa, y a ducharse. Luego, nosotros aprovechamos la oportunidad para trabajar en sus humanidades, para sacar de ellos mismos las capacidades para que salgan y superen su realidad de calle —el hermano responde junto al ritmo de sus manos—. En cambio, cuando salimos a la calle, les cortamos el cabello, les hacemos las uñas y todo eso —el amor a los pobres ha hecho que estos religiosos velen incluso por el aseo personal de los hermanos de la calle.

A lo lejos, se escucha gente haciendo bulla. Son personas que vienen al almuerzo. Miro por la ventana. La sala en la que nos encontramos está muy cerca del comedor. Vuelvo a mirar a Justino y me da curiosidad por saber las experiencias más difíciles que ha vivido.

—¡Uh! Nuestra vida es muy intensa —exclama el religioso en tono divertido, apoyando su espalda bruscamente en la silla—, todos los días, son muchas cosas, experiencias con la muerte, experiencias con la vida, experiencia con la mendicidad y la miseria del pobre, experiencia con el Resucitado en el pobre. Dios nos grita por medio de los pobres. Experiencias profundas también en la oración. No tiene sentido ayudar a los pobres y no ser adorador como tampoco ser adorador y no dar esto a los demás, a los pobres. Todo debe ser oración y obra —responde Justino, que sin quererlo hace una dura crítica a la religiosidad estéril, aquella que piensa solo en la obra, olvidándose del fondo, quedándose en las formas. Como también a la que actúa con tibieza, hipocresía y propio interés—. Pero, de las situaciones más duras, recuerdo la de un hermano que gasto sus últimas fuerzas viniendo a nuestra casa —continúa con una expresión pensativa—, él ya había vivido con nosotros y había elegido seguir adelante solo, era mayorcito. Se fue, dijo que tenía un familiar e iba a ir donde este. Pasaron meses. Luego supimos que estuvo un mes con la familia y luego regresó a la calle. Un día de lluvia alguien estaba timbrando abajo. Dos hermanos llegaban de misa, lo vieron, el hermano estaba acostado, reclinado en la pared, pero ya no estaba vivo. Gasto sus últimas fuerzas en venir a nuestra casa y no a un hospital. Gasto sus fuerzas timbrando tres veces y no pudimos ayudarlo. Hicimos todos los trámites funerarios para darle una digna sepultura. Fue una realidad dura ver a una persona con sus últimas fuerzas, y que no hayamos podido ayudarla —Justino baja la cabeza y pone el cíngulo entre sus manos—, le diagnosticaron que había muerto de desnutrición, por falta de alimento —deja caer el cíngulo de sus manos, mira al frente, pone sus manos en su cabeza y sigue—. Otras situaciones duras las he tenido en Brasil. He visto a gente morir en mis brazos. Pero también he visto nacer la vida en medio de basureros, recuerdo una madre pobre que decidió la vida de su niño y no lo abortó. Ella luchó y estuvo dispuesta a cuidar a su niño. Ahí es cuando uno ve chispas de esperanza en la gente. Nosotros queremos echar leña a esas chispas de esperanza, que sean como un fuego abrasador, queremos que esa esperanza crezca para que ellos puedan seguir adelante. Eso es lo que se ve en los apostolados. Esa es nuestra vida, dar ayuda, darnos para que la gente siga adelante. Dándonos es como nos realizamos. Ahí está la pobreza que nos hace ricos, el hombre se realiza a imagen y semejanza de Dios, Dios es amor, el amor es pura donación. La esencia de la vida es dar, este es un perder que nos llena.

La pobreza característica de estos religiosos es el secreto que da fecundidad a su obra. Los habitantes de la calle son pobres por los golpes de la vida, estos religiosos en cambio son pobres por elección propia. Esto les permite estar más cerca de quienes sufren, de entenderlos, de compartir sus dolores y carencias. La fila del almuerzo va avanzando. Mucha de la gente en la fila tiene ropa que le queda grande, otros tienen fundas amarradas por todas partes. Están felices, ríen y conversan entre ellos. Aún sin riquezas, los hermanos de la toca de Asís tienen lo justo para satisfacer las necesidades de muchos. Se abastecen de donaciones. Su estilo de vida atrae. Sin nada, dicen tenerlo todo. Es una contradicción, pero su pobreza es lo que enriquece el alma de tantos y sacia la sed de muchos.

Otra vez, la sonrisa

Las estrellas tocan la puerta de la casa. Una noche oscura se extiende en el alma de Quito. Afuera, la Virgen del Panecillo parece abrir bien sus alas para acurrucar a cuantos tienen frío. Adentro, el hermano Justino alista las cosas para salir. Pan, chocolate caliente, servilletas y vasos. Él y los demás ángeles de la noche, llenos de algarabía y emoción, parecen niños que salen a excursión. Van en busca de sus amigos, de sus hermanos de la calle. Algunos voluntarios se suman a la caminata. La piedra inca de las calles del centro histórico tiene un reflejo dulce a la luz de los postes, casi tiene apariencia de agua. Los religiosos parece que caminan sobre ella. El Tejar aún no se duerme, los últimos buses pasan recogiendo una buena cantidad de gente ajetreada y mal genia que se agolpa para ir de regreso a sus casas. Tal vez, en lo último que piensan es que existe gente que no tiene casa.

—La mentalidad del ecuatoriano es muy social, eso es bueno —me dice Justino mientras se arremanga el hábito—. Sin embargo, a la mayoría de los ecuatorianos no les gusta comprometerse —su sombra se mueve con agilidad, cogiendo velocidad para el vuelo—. Eso es una realidad cultural que debe cambiar. Debe llegar un punto en que la conciencia del pueblo madure y aprenda a comprometerse, a dar continuidad a un trabajo, dar seguimiento a lo que se hace —mientras habla, arriba, su sombra se funde con el aire— La cosa no es simplemente entregar una comida y me voy, limpio mi conciencia, descargo mi conciencia —abajo, sus pies siguen firmes en la tierra— Hay que tener una caridad sana, no solo dar comida y nos vamos. Hay que alimentar las fuerzas de la gente, que siga luchando, que camine adelante. Preocuparse por el otro, olvidarse de uno. Hay que dar gestos de cariño grandes o pequeños, esto sirve de testimonio para la gente, ayuda a dar sentido a su existencia.

Justino es muy humano, tan humano que lo confunden con un ángel. Pero no vive un angelismo apartado de la realidad. Su pobreza le da el equilibrio, le quita la ceguera ante el dolor del otro, le muestra la fugacidad de la vida, la fragilidad de sus fuerzas y le recuerda el valor divino de lo humano. La pobreza lo mantiene despierto, en un mundo que vive dormido en la comodidad.

Los religiosos caminan rápido, saben a dónde van, conocen las cuevas urbanas, los abismos, y los escondites de la gente sin techo. Un mundo alterno parece que se abriera ante sus ojos. Gente de todas las características sale de la oscuridad. Algunos llevan en sus caras las marcas de la violencia o el error, otros miran con ojos que delatan dolor e injusticia. Los religiosos entregan misericordia a cada paso que dan. El hambre de amor es más grande que el hambre física. Más adelante, Justino abraza a un mendigo, le entrega su comida y se inclina ante él, lo escucha con atención, quiere que se sienta amado, le hace la conversa. Se ríen. El hermano le pregunta si está enfermo, si tiene alguna herida. Lo invita a ir a la casa San José donde será atendido gratuitamente, y si quiere incluso puede quedarse allí a dormir. El hermano canta un poco para animar la noche. Al final, el hermano se santigua, hace una oración por el mendigo y lo vuelve a abrazar. El mendigo agradece y solloza, eleva también una oración y da las buenas noches.

Cuatro horas más tarde, el recorrido ha terminado. Otra vez, la sonrisa. Justino vuelve a sonreír con esa indescriptible sonrisa que muestra un cansancio por algo que vale la pena, o incluso la vida.

Mi última pregunta lo sorprende.

—No es un secreto, pero nos mantenemos discretos para evitar polémicas —responde con una risa un poco nerviosa—. Si me pregunta, le respondo que sí. Por lo general todos nosotros dormimos en el piso, al menos que uno esté enfermo de la columna. Es un desprendimiento, un despojamiento de las comodidades. Queremos asemejarnos a los pobres usando cartones. El cartón es el aislante térmico que usan los hermanos de la calle. Nosotros dormimos en el piso para asemejarnos a ellos.

Ángeles de la noche. Pobres, para los pobres. Pobres que enriquecen a muchos con su pobreza. Pobres, que son los ángeles más humanos que existen.

 


(Foto de portada de Miryams-Fotos en https://pixabay.com/es/las-manos-abierto-vela-1926414/)

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