home Tlönistas, Volumen 2, Volumen 2 - Número 2 [2.2-15] Mi primera comunión | Juan Carlos Riofrío Martínez-Villalba, Ph.D.

[2.2-15] Mi primera comunión | Juan Carlos Riofrío Martínez-Villalba, Ph.D.

Seguro que pocos pueden contar una historia como esta. Sucedió el 5 de febrero de 1985, cuando el Santo Padre pasó por la tierra que me vio nacer, Guayaquil. No cumplía aún los nueve años, cuando ya mi madre y mi abuela habían terminado de prepararme para la primera comunión. Mis padres, por esas fechas, habían dedicado buena parte de su trabajo profesional a construir “el Templete”, una capilla abierta a una gran explanada donde Juan Pablo II celebraría la misa más multitudinaria que hasta la actualidad se ha celebrado por estos lares. Por esa razón, les fue concedido recibir en esa ceremonia la comunión de manos del Santo Padre, privilegio que –siempre lo agradeceré– me cedieron a mí.

Recuerdo bien la noche anterior a mi primera comunión. Acudí con mis padres al Templete, donde supongo ellos habrán trabajado hasta altas horas de la noche decorando y alistando los últimos detalles para recibir a tan excepcional visitante. Dormí sobre una alfombra de la sacristía, un cuarto un poco pequeño donde al día siguiente se revestiría nuestro distinguido celebrante. Al despertar mi madre me entregó el traje de blanco que me puse enseguida. Mientras me vestía observé que a pocos metros reposaban sobre una gran mesa una deliciosa variedad de manjares, frutos tropicales, jamones, quesos, bebidas, leche, jugos, mazapanes, y todo lo que pudiera pasar por la imaginación para un espectacular desayuno. Intenté picar alguna uva, pero una mano me detuvo. «Es para el Papa», fue la respuesta.

Mas tarde me ubicaron en mi puesto, cerca del Presidente de la República, de los ministros y de otras personalidades que yo a esa edad no supe reconocer. El Papa aterrizó en el helipuerto, a pocos metros del Templete. Sinceramente yo no alcancé a verlo bien: la gente me tapaba. Sí escuché, en cambio, los cantos y las palabras del Papa, que se pronunciaban con marcado acento extranjero. Recuerdo que estaba muy preocupado de seguir correctamente los actos de la misa: los tiempos de inclinarse, de pararse, decir correctamente las oraciones… siempre había seguido en eso a mis padres, pero en ese momento, por su generosidad, ellos no estaban junto a mí. Cuando fue el momento de la comunión, me acuerdo que me paré detrás de alguna personalidad y me puse a caminar, al ritmo de la fila, hacia el Papa. Recitaba para mis adentros varias oraciones aprendidas en casa, mientras los coros cantaban la canción de «Pescador», hasta que al fin lo vi. En ese instante recibí de manos de Su Santidad, por primera vez, la Santa Comunión.

Fue un instante con un halo mágico. Supe luego que mi padre estaba cerca, forcejeando con la guardia para tomarme una foto, pero en ese momento no me percaté ni siquiera del flash de su cámara, ni de la multitud, ni de las personalidades, ni de nada. Éramos únicamente Cristo en la eucaristía, el Papa y yo. El mundo podía caerse y a mí no me importaba. Regresé a mi asiento recogido, donde le dije al Señor esas cosas que un niño suele preparar para decirle al recibirlo. Mientras se las decía pasó el tiempo, la misa terminó, y el Papa se fue. La muchedumbre fue desahogándose, la guardia al fin desapareció.

Recordando mi visión matutina, en cuanto pude, me dirigí hacia la mesa de los manjares, a ver si quedaba algo… fue grande mi decepción al encontrar la mesa completamente pelada. «¡Cómo come el Papa!», pensé. A esa edad no pude hacer mejor disquisición. Años más tarde supe que el Papa solo había aceptado un vaso con jugo de naranja por desayuno; del resto de la mesa se habían encargado la guardia y otros seres hambrientos.

A la vuelta de los años he reflexionado muchas veces sobre lo sucedido, y he ido aquilatando poco a poco el verdadero valor de esos preciosos momentos. Aún hoy, cuando vuelvo a escuchar en la misa el canto de «Pescador», vuelven a mi memoria aquellas indescriptibles escenas de mi primera comunión: la muchedumbre, la gente importante, el Papa y su sencillez, su extrema mortificación, y sobre todo sus manos, que un día me trajeron por primera vez a Cristo. Ahora, después de su muerte, mis comuniones han cambiado: no dudo que en ellas Juan Pablo II vuelve a estar junto a mí.

Impactos: 0

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *