home Lenguas hemisféricas, Volumen 2, Volumen 2 - Número 3 [2.3-10] La Dualidad del Gran Gatsby | José Gabriel García Vela

[2.3-10] La Dualidad del Gran Gatsby | José Gabriel García Vela

Francis Scott Key Fitzgerald es el autor de la reconocida obra literaria, objeto de análisis del presente texto, El Gran Gatsby. El autor estadounidense la publicó en 1925 y es el representante más fiel de la “época del jazz” en la literatura norteamericana.

La obra nos presenta una descripción de la sociedad de los años veinte del siglo pasado. Los temas centrales de la narración giran en torno a la superficialidad de la élite social de New York, especialmente Long Island, unida a la decadencia de valores y crisis de identidad estadounidense, en la que los efectos de la posguerra también desempeñan una caracterización de los personajes.

Tal es así que la obra, El Gran Gatsby, ha sido adaptada en cinco ocasiones para llevarla a pantalla de cine: en 1926, dirigida por Herbert Brenon; en 1949, dirigida por Elliott Nugent; en 1974, dirigida por Jack Clayton y protagonizada por Robert Redford y Mia Farrow, con una aceptable recepción; la siguiente, en 2000, dirigida por Robert Markowitz; y, por último The Great Gatsby (2013), dirigida por Baz Luhrmann, protagonizada esta vez por Leonardo Di Caprio y Carey Mulligan. Es a esta última a la cual le prestaremos especial atención, ya que será nuestro segundo objeto de estudio en comparación con la obra escrita.

Como es de esperarse en casi cualquier producción cinematográfica, la película es un lejano tributo a la estética de la obra literaria y El Gran Gatsby de Baz Luhrmann no es la excepción. Obviamente, me baso en una opinión personal en la que trataré de exponer los argumentos desde una perspectiva académica, pues siempre he considerado que la crítica al trabajo de los demás deberá ser constructiva y sustentada con fundamentos.

Como primer punto tenemos el tratamiento que se les da a los personajes principales de la obra. El narrador, Nick Carraway, es presentado en la película totalmente enajenado. Es un ser trastornado sicológicamente. Se le presenta inclusive con un cierto patetismo como protagonista y narrador, lo que en el libro no es observable desde ningún punto de vista. Esta pequeña pero notable variación posiblemente trastoca significativamente la esencia narrativa de la obra, creando un cierto distanciamiento entre los hechos y el drama en sí. Por medio de Nick se presenta a Daisy Buchanan, su prima, y a Tom Buchanan su egocéntrico y colérico esposo. De ellos conocemos la realidad y superficialidad en la que se desarrollan los cánones sociales de los años veinte, impulsados por el abrupto crecimiento industrial y el enriquecimiento económico a costa de las clases sociales discriminadas y disgregadas. Se debe sumar la decadencia de valores humanos, la infidelidad y la traición, cuestiones que recorren la obra de principio a fin.

Dentro de este contexto, la película desempeña el papel de ilustración visual de aquella época donde la sociedad estadounidense de New York vive el apogeo del materialismo y donde el sueño americano viene dado como una utopía sin fin. Aquí entra Jay Gatsby, interpretado por Leonardo Di Caprio, un hombre millonario y misterioso, vecino de Nick. Gracias a Gatsby emprendemos el recorrido por la fascinación de una vertiginosa vida social neoyorquina, en la que la clase alta se entremezcla en la gran mansión Gatsby. Tanto el libro como la película nos describe el imaginario social de estas personas, quienes vivían ligeramente entre la fiesta, el alcohol y las relaciones pasajeras. Prácticas sociales que han perdurado hasta casi después de cien años.

Fitzgerald, en este sentido, posee una especial capacidad narrativa para adentrarnos en el mundillo de las relaciones humanas demarcadas por el materialismo, la supremacía de los placeres sensitivos y el naciente poder capitalista, sumado al tradicionalismo de principios de siglo. Es justamente esa descripción englobada dentro del territorio de la casa Gatsby la que sirve como señuelo para incorporarnos al delirio sentimental por Daisy.

Dentro de todo, la película revive de una notable manera el idilio amoroso entre esposos y amantes utilizando, esta vez, ya no son los recursos literarios, sino técnicas visuales y de producción audiovisual, los que nos encaminarán al recorrido del hilo narrativo donde el misterioso Gatsby empieza a develar poco a poco su personalidad y visión.

Es este suspenso misterioso el que atrapa al espectador y al lector dentro de la historia, es decir, todos nos encontramos frente a esa sensación de que aquí hay gato encerrado. Gatsby es millonario, sí, pero nadie sabe su procedencia ni la fuente de su opulencia pero lo que sí se desarrolla es la descripción de su personalidad en la que su actitud frente al diario vivir impregna en gran medida el positivismo característico del personaje emprendedor y suspicaz. Característica que ya desde la novela picaresca viene impregnando en la literatura la participación del personaje que se gana la vida a través de su ingenio y la capacidad de adaptabilidad.

Aquí abro un paréntesis, ya que es necesario identificar ciertos símbolos que se desarrollan tanto en el libro como en la película y que sirven como referencias literarias dándole atmósfera a la obra. Pues así encontramos la luz verde en el muelle justo al otro lado de la bahía ubicada en la casa de Daisy Buchanan frente a frente de la mansión Gatsby, quien la observaba ineludiblemente día tras día como quien añora el reencuentro de una vida. El valle de las cenizas es la muestra de la brecha social de quienes edifican una sociedad pero se encuentran fuera de ella viviendo de la explotación y la segregación, víctimas de la mano invisible del hombre segada por el capital. Sumado a esto están los ojos del Doctor T. J. Eckleburg, espectador pasivo de las bajas costumbres humanas, desde cierta perspectiva juega el papel del dios que juzga pero no se lo ve.

Estos símbolos que Fitzgerald nos pone en el camino de la lectura al utilizarlos como recursos de enmarcación, la película nos lo recrea vívidamente donde el lenguaje visual mediante la filosofía del color despierta sensaciones a la retina del espectador, allí donde a veces las palabras no pueden calar con profundidad. Sin duda el manejo del lenguaje visual que adapta Baz Luhrmann denota el placer que el séptimo arte es capaz de imaginar.

Retomando el hilo narrativo, llega el punto de giro cuando Gatsby revela la antigua relación amorosa con Daisy y sus anhelos de volverla a ver. Nick es el encargado de planear el encuentro a la vez que nos revela el verdadero pasado de Jay Gatsby proveniente de una familia humilde y que gracias a Dan Cody, un viejo millonario, no aprendió todo lo que necesitaba saber, aunque la razón de su fortuna seguirá siendo un misterio. La película no se sale de contexto dentro del nudo, pero carece de esa personificación que muestra al lector los elementos predominantes de las prácticas tradicionalistas en la sociedad posindustrial donde el ser humano pasa a ser una persona aceptada dependiendo de su estatus social y posiciones materiales. Esto explica por qué Daisy no esperó verdaderamente a Gatsby para que regresara de la guerra y casarse, dado que él no poseía absolutamente nada más que su uniforme y las ansias por lograr el éxito que a toda persona moderna la mueve, es decir, el dinero.

Daisy y Jay empiezan un nuevo amorío hasta que Tom conoce a Gatsby. Tal encuentro dará lugar a la escena más importante de la obra, el pre-desenlace que escribe Fitzgerald dentro de su obra. Esto lleva a la intensidad de los últimas páginas en las que una serie de idilios, muerte y desesperación inundan la escenografía. Todo ello transcurre metaforicamente por los ojos del doctor Eckelburg, hasta llegar a la agonizante luz verde al otro lado de la bahía, dando en sensación de eternidad.

Claro está que la película captura la trama de la obra El Gran Gatsby con fascinante poder visual y detalles en el lenguaje visual, que envuelven al espectador durante los ciento veinte minutos. Pero probablemente, como le ocurrió a este humilde autor del texto, no dejó una huella imborrable como sí lo hizo el libro de F. Scott Fitzgerald.

Si se hubiera tratado de analizar el contenido y producción audiovisual del libro plasmado en la película seguramente la crítica habría tomado un ambiente más positivo en cuanto al tratamiento de la imagen. Pero la palabra y el mundo imaginario que crea a través de las líneas literarias no transmite lo que verdaderamente el lector abstrae y guarda en su mente como irremplazable. El poder de la palabra hace un Gran Gatsby, el lenguaje visual lo escenifica dejando de lado ciertas reacciones que solo el recurso literario despierta en el subconsciente de la persona, civilizando, cohesionando y como lo dijo Culler en Introducción a los estudios literarios (1999), haciéndonos mejores.

El Gran Gatsby es literatura, fuera de que sea adaptada para distintas plataformas narrativas. Solo Fitzgerald, mediante sus páginas, revive el drama humano de una época convulsa en la que la guerra, el amor y el materialismo siguen participando activamente de la esencia que enlaza a la persona y al arte.

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